Habitar el umbral sin caer es, en definitiva, un arte de equilibrio trágico: reconocer que toda visión es parcial, que todo marco simbólico es provisional, que toda verdad factual es insuficiente para sostener una vida digna -y actuar, pese a todo, con pasión ética. No como Quijote, que confunde su visión con el mundo; ni como el cura, que quema los libros para preservar un mundo sin alma; sino como un Sancho transformado: capaz de gobernar ínsulas imaginarias con justicia real, de creer en Dulcineas de carne y hueso sin dejar de soñar con princesas encantadas, de llorar la muerte de su amo mientras prepara el camino para nuevos viajes.
En esa tensión fecunda -entre el umbral y el abismo, entre la verdad y el sueño- reside la posibilidad de una humanidad que no renuncia a la trascendencia sin caer en el delirio. Don Quijote nos advierte del abismo; Sancho nos señala el camino de vuelta. Entre ambos, el espacio para una ética del umbral: ni desencanto ni ilusión, sino la valentía de sostener la ambigüedad como condición de toda auténtica sabiduría.
Habitar el umbral sin caer es, en definitiva, un arte de equilibrio trágico: reconocer que toda visión es parcial, que todo marco simbólico es provisional, que toda verdad factual es insuficiente para sostener una vida digna -y actuar, pese a todo, con pasión ética. No como Quijote, que confunde su visión con el mundo; ni como el cura, que quema los libros para preservar un mundo sin alma; sino como un Sancho transformado: capaz de gobernar ínsulas imaginarias con justicia real, de creer en Dulcineas de carne y hueso sin dejar de soñar con princesas encantadas, de llorar la muerte de su amo mientras prepara el camino para nuevos viajes.
En esa tensión fecunda -entre el umbral y el abismo, entre la verdad y el sueño- reside la posibilidad de una humanidad que no renuncia a la trascendencia sin caer en el delirio. Don Quijote nos advierte del abismo; Sancho nos señala el camino de vuelta. Entre ambos, el espacio para una ética del umbral: ni desencanto ni ilusión, sino la valentía de sostener la ambigüedad como condición de toda auténtica sabiduría.