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El universos viviente: del Sol a las profundidades
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- FormatePub
- ISBN8235918511
- EAN9798235918511
- Date de parution07/06/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurIoakim Ioakim
Résumé
La vida requiere una combinación delicada: fuentes de energía, materia reactiva, compartimentos, continuidad temporal y capacidad de evolución. La energía no reemplaza a los demás factores, pero los pone en movimiento. La tesis central de este enfoque es, por tanto, que la clave para comprender la vida extraterrestre no es la presencia de un Sol, sino la existencia de flujos energéticos capaces de sostener sistemas complejos lejos del equilibrio termodinámico.
La estrella puede ser una fuente extraordinaria de energía, pero no la única. La gravedad, la radiactividad, el calor interno, las fuerzas de marea, las reacciones de oxidación-reducción y los gradientes geoquímicos pueden desempeñar funciones equivalentes en determinados contextos. Allí donde haya una diferencia aprovechable y mecanismos capaces de canalizarla, puede abrirse un espacio para la autoorganización.
Y donde la autoorganización persiste, se reproduce y se modifica, puede comenzar la evolución. Este cambio de mirada no reduce el misterio de la vida; lo amplía. Nos obliga a pensar en biosferas que quizá nunca vean una salida del Sol, en organismos que no conozcan la superficie, en mundos donde la historia evolutiva transcurra bajo hielo, roca o atmósferas opacas. También nos invita a abandonar la expectativa de que la vida extraterrestre deba ser inmediatamente reconocible según nuestros criterios visuales o ecológicos.
Tal vez la mayor parte de la vida del universo, si existe, sea microbiana, profunda, lenta y oculta. Tal vez los mundos vivos más comunes no sean planetas azules con continentes verdes, sino lunas heladas con océanos negros, planetas subterráneos o cuerpos errantes que conservan calor interno en la oscuridad interestelar.
La estrella puede ser una fuente extraordinaria de energía, pero no la única. La gravedad, la radiactividad, el calor interno, las fuerzas de marea, las reacciones de oxidación-reducción y los gradientes geoquímicos pueden desempeñar funciones equivalentes en determinados contextos. Allí donde haya una diferencia aprovechable y mecanismos capaces de canalizarla, puede abrirse un espacio para la autoorganización.
Y donde la autoorganización persiste, se reproduce y se modifica, puede comenzar la evolución. Este cambio de mirada no reduce el misterio de la vida; lo amplía. Nos obliga a pensar en biosferas que quizá nunca vean una salida del Sol, en organismos que no conozcan la superficie, en mundos donde la historia evolutiva transcurra bajo hielo, roca o atmósferas opacas. También nos invita a abandonar la expectativa de que la vida extraterrestre deba ser inmediatamente reconocible según nuestros criterios visuales o ecológicos.
Tal vez la mayor parte de la vida del universo, si existe, sea microbiana, profunda, lenta y oculta. Tal vez los mundos vivos más comunes no sean planetas azules con continentes verdes, sino lunas heladas con océanos negros, planetas subterráneos o cuerpos errantes que conservan calor interno en la oscuridad interestelar.






















