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Encerrados en la abundancia: la burbuja social de las élites
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- FormatePub
- ISBN8235084230
- EAN9798235084230
- Date de parution21/05/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurIoakim Ioakim
Résumé
Durante siglos, la exclusión social fue un concepto inequívoco. Excluido era quien quedaba fuera: fuera del mercado laboral, fuera de la red sanitaria, fuera del sistema educativo, fuera de la ciudad, fuera del discurso público. La exclusión se medía por carencias, por ausencias, por todo aquello a lo que un individuo o un grupo no lograba acceder. Los excluidos eran los pobres, los marginados, los inmigrantes sin papeles, los enfermos sin cobertura, los ancianos abandonados en residencias insalubres, los jóvenes de los suburbios atrapados entre el desempleo y la economía sumergida.
La sociología del siglo XX construyó un aparato conceptual robusto para describir esa realidad: anomia, marginalidad, infraclase, vulnerabilidad, precariado. Todas esas categorías apuntaban hacia abajo en la escala social. La exclusión era, por definición, un fenómeno que afectaba a quienes menos tenían. Sin embargo, las sociedades contemporáneas están produciendo un fenómeno que obliga a revisar esa ecuación.
No la invalida -la pobreza sigue siendo la forma más brutal y masiva de exclusión-, pero la complementa con una variante inesperada: la separación progresiva, voluntaria y estructural de los sectores más privilegiados respecto al resto de la población. No se trata de que los ricos vivan mejor que los demás, algo que ha ocurrido en todas las civilizaciones conocidas. Se trata de que, en un punto determinado de acumulación de recursos, los muy ricos dejan de habitar el mismo mundo que los demás.
No comparten ya las mismas calles, las mismas escuelas, los mismos hospitales, los mismos medios de transporte, los mismos espacios de ocio ni, en última instancia, la misma percepción de lo que significa vivir en sociedad. Lo que emerge es una forma paradójica de exclusión invertida: no la exclusión del que carece, sino la del que posee tanto que ya no necesita -ni desea- participar en la experiencia común.
Esta idea puede parecer, a primera vista, una provocación retórica o una exageración intelectual. ¿Cómo puede considerarse excluido alguien que tiene acceso a todo? ¿No es una frivolidad comparar la situación de un multimillonario que elige vivir en una urbanización cerrada con la de un refugiado que malvive en un campamento? Ciertamente, no se trata de equiparar sufrimientos. La exclusión invertida no produce dolor material; produce otra cosa: una fractura en el tejido de la experiencia compartida que resulta igualmente dañina para el funcionamiento de la democracia, la cohesión social y, en un sentido más profundo, para la propia humanidad de quienes se encapsulan.
No es una cuestión de compasión hacia los ricos, sino de diagnóstico sobre una patología colectiva que afecta al conjunto del cuerpo social cuando una de sus partes se separa orgánicamente de las demás.
La sociología del siglo XX construyó un aparato conceptual robusto para describir esa realidad: anomia, marginalidad, infraclase, vulnerabilidad, precariado. Todas esas categorías apuntaban hacia abajo en la escala social. La exclusión era, por definición, un fenómeno que afectaba a quienes menos tenían. Sin embargo, las sociedades contemporáneas están produciendo un fenómeno que obliga a revisar esa ecuación.
No la invalida -la pobreza sigue siendo la forma más brutal y masiva de exclusión-, pero la complementa con una variante inesperada: la separación progresiva, voluntaria y estructural de los sectores más privilegiados respecto al resto de la población. No se trata de que los ricos vivan mejor que los demás, algo que ha ocurrido en todas las civilizaciones conocidas. Se trata de que, en un punto determinado de acumulación de recursos, los muy ricos dejan de habitar el mismo mundo que los demás.
No comparten ya las mismas calles, las mismas escuelas, los mismos hospitales, los mismos medios de transporte, los mismos espacios de ocio ni, en última instancia, la misma percepción de lo que significa vivir en sociedad. Lo que emerge es una forma paradójica de exclusión invertida: no la exclusión del que carece, sino la del que posee tanto que ya no necesita -ni desea- participar en la experiencia común.
Esta idea puede parecer, a primera vista, una provocación retórica o una exageración intelectual. ¿Cómo puede considerarse excluido alguien que tiene acceso a todo? ¿No es una frivolidad comparar la situación de un multimillonario que elige vivir en una urbanización cerrada con la de un refugiado que malvive en un campamento? Ciertamente, no se trata de equiparar sufrimientos. La exclusión invertida no produce dolor material; produce otra cosa: una fractura en el tejido de la experiencia compartida que resulta igualmente dañina para el funcionamiento de la democracia, la cohesión social y, en un sentido más profundo, para la propia humanidad de quienes se encapsulan.
No es una cuestión de compasión hacia los ricos, sino de diagnóstico sobre una patología colectiva que afecta al conjunto del cuerpo social cuando una de sus partes se separa orgánicamente de las demás.






















