Pocas preguntas han acompañado al pensamiento humano con tanta persistencia y con tan escaso consenso como esta: ¿qué es la vida? La formulamos con la naturalidad de quien cree saber la respuesta -al fin y al cabo, estamos vivos y reconocemos la vida cuando la vemos-, pero basta detenerse un instante para descubrir que esa familiaridad es engañosa. Sabemos señalar lo vivo: un gorrión, un roble, una bacteria nadando en una gota de agua estancada.
Lo que no sabemos, con la misma facilidad, es decir qué hace que todas esas entidades compartan una categoría ontológica común y qué las separa, de manera nítida e irrefutable, de una llama, de un cristal de cuarzo o de un programa informático que simula conversación humana. La vida, como la consciencia o el tiempo, pertenece a esa clase de fenómenos que entendemos intuitivamente pero que se nos escapan como arena entre los dedos en cuanto intentamos atraparlos con una definición.
Pocas preguntas han acompañado al pensamiento humano con tanta persistencia y con tan escaso consenso como esta: ¿qué es la vida? La formulamos con la naturalidad de quien cree saber la respuesta -al fin y al cabo, estamos vivos y reconocemos la vida cuando la vemos-, pero basta detenerse un instante para descubrir que esa familiaridad es engañosa. Sabemos señalar lo vivo: un gorrión, un roble, una bacteria nadando en una gota de agua estancada.
Lo que no sabemos, con la misma facilidad, es decir qué hace que todas esas entidades compartan una categoría ontológica común y qué las separa, de manera nítida e irrefutable, de una llama, de un cristal de cuarzo o de un programa informático que simula conversación humana. La vida, como la consciencia o el tiempo, pertenece a esa clase de fenómenos que entendemos intuitivamente pero que se nos escapan como arena entre los dedos en cuanto intentamos atraparlos con una definición.