La proliferación del acceso: la gran mutación silenciosaVivimos en una época que se define a sí misma por la aceleración, pero cuya transformación más profunda ocurre en una dimensión que rara vez recibe el nombre adecuado. Durante siglos, la promesa del capitalismo -o al menos su justificación moral frente a los sistemas estamentales- fue la universalización de la propiedad. La idea de que cualquier individuo, a través del trabajo y el intercambio, podía poseer una parcela de realidad: una casa, una herramienta, un libro, un vehículo.
Poseer era sinónimo de autonomía; era la creación de un espacio de soberanía material donde el poder del Estado o del señor terminaba en el umbral de lo privado. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XXI, estamos siendo testigos de la demolición silenciosa de este edificio jurídico y existencial. El fenómeno se presenta ante nosotros con el rostro amable de la conveniencia. Lo llamamos "economía colaborativa", "suscripción" o "pago por uso".
Ya no compramos discos, nos suscribimos a flujos de datos musicales; ya no compramos programas informáticos, arrendamos el acceso temporal a servicios en la nube; ya no aspiramos necesariamente a la propiedad del coche, sino a la flexibilidad de la movilidad bajo demanda. Este desplazamiento del objeto al servicio, del bien a la función, no es un cambio cosmético en los hábitos de consumo, sino una mutación estructural en la relación entre el sujeto y el mundo material.
La proliferación del acceso como forma dominante de relación con los bienes implica que la propiedad, lejos de socializarse, se está concentrando en manos de una nueva clase de "señores de la infraestructura". Mientras el usuario celebra la liberación de la "carga" de la propiedad (el mantenimiento, el almacenamiento, la obsolescencia), las grandes corporaciones consolidan la titularidad de los activos físicos y digitales.
Lo que antes era un mercado de propietarios intercambiando bienes se está convirtiendo en un ecosistema de gestores de acceso extrayendo rentas de usuarios perpetuos. En este escenario, la libertad ya no se mide por lo que uno posee, sino por la capacidad de mantener activas las credenciales de acceso.
La proliferación del acceso: la gran mutación silenciosaVivimos en una época que se define a sí misma por la aceleración, pero cuya transformación más profunda ocurre en una dimensión que rara vez recibe el nombre adecuado. Durante siglos, la promesa del capitalismo -o al menos su justificación moral frente a los sistemas estamentales- fue la universalización de la propiedad. La idea de que cualquier individuo, a través del trabajo y el intercambio, podía poseer una parcela de realidad: una casa, una herramienta, un libro, un vehículo.
Poseer era sinónimo de autonomía; era la creación de un espacio de soberanía material donde el poder del Estado o del señor terminaba en el umbral de lo privado. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XXI, estamos siendo testigos de la demolición silenciosa de este edificio jurídico y existencial. El fenómeno se presenta ante nosotros con el rostro amable de la conveniencia. Lo llamamos "economía colaborativa", "suscripción" o "pago por uso".
Ya no compramos discos, nos suscribimos a flujos de datos musicales; ya no compramos programas informáticos, arrendamos el acceso temporal a servicios en la nube; ya no aspiramos necesariamente a la propiedad del coche, sino a la flexibilidad de la movilidad bajo demanda. Este desplazamiento del objeto al servicio, del bien a la función, no es un cambio cosmético en los hábitos de consumo, sino una mutación estructural en la relación entre el sujeto y el mundo material.
La proliferación del acceso como forma dominante de relación con los bienes implica que la propiedad, lejos de socializarse, se está concentrando en manos de una nueva clase de "señores de la infraestructura". Mientras el usuario celebra la liberación de la "carga" de la propiedad (el mantenimiento, el almacenamiento, la obsolescencia), las grandes corporaciones consolidan la titularidad de los activos físicos y digitales.
Lo que antes era un mercado de propietarios intercambiando bienes se está convirtiendo en un ecosistema de gestores de acceso extrayendo rentas de usuarios perpetuos. En este escenario, la libertad ya no se mide por lo que uno posee, sino por la capacidad de mantener activas las credenciales de acceso.