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China y la evolución de la organización política
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- FormatePub
- ISBN8232924225
- EAN9798232924225
- Date de parution12/02/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurDraft2Digital
Résumé
La tesis central de este ensayo es que el tamaño territorial de un país no determina necesariamente el tamaño ni la naturaleza de su aparato estatal. La variable verdaderamente crucial no es la extensión geográfica, ni siquiera el volumen de población o recursos, sino la arquitectura institucional específica que un Estado desarrolla y, sobre todo, su capacidad efectiva de coordinación entre distintas esferas de acción social.
Un Estado puede ser territorialmente vasto y administrativamente ligero, o geográficamente compacto y burocráticamente denso. Puede tener una presencia fiscal mínima pero una capacidad de movilización social extraordinaria, o viceversa. Lo que determina su poder real, su resiliencia histórica y su capacidad de adaptación no es una medida abstracta de "tamaño", sino la calidad de sus instituciones, la coherencia de sus mecanismos de coordinación y la adecuación de su estructura a los desafíos específicos que enfrenta.
Para explorar esta tesis, este ensayo se centra en un caso que ha representado una anomalía recurrente y persistente en la teoría política occidental: China. Durante más de dos milenios, el sistema político chino ha desafiado las expectativas generadas por teorías desarrolladas principalmente a partir de la experiencia europea. Cuando los teóricos liberales clásicos asociaban el tamaño territorial con la tiranía y la centralización excesiva, China desarrollaba formas de gobierno que combinaban unidad política con diversidad administrativa.
Cuando el marxismo predecía que el modo de producción asiático conduciría al estancamiento, China demostraba una capacidad de recuperación económica y política que superaba a la de muchas sociedades europeas. Cuando el consenso de Washington asumía que el desarrollo capitalista requería inevitablemente democratización liberal, China construía una economía de mercado dinámica bajo un régimen de partido único.
Una y otra vez, China ha actuado como el caso anómalo que obligaba a revisar, matizar o directamente abandonar teorías que se pretendían universales. Sin embargo, el objetivo de este ensayo no es presentar a China como un modelo alternativo a imitar ni como una curiosidad exótica incomprensible desde las categorías occidentales. Más bien, el caso chino sirve aquí como un instrumento heurístico que nos permite cuestionar supuestos que a menudo permanecen implícitos en nuestro pensamiento político.
Al examinar cómo un sistema político puede funcionar siguiendo lógicas distintas a las que consideramos "normales", podemos comenzar a ver con mayor claridad los límites de nuestras propias categorías analíticas y la contingencia histórica de muchas instituciones que hemos naturalizado.
Un Estado puede ser territorialmente vasto y administrativamente ligero, o geográficamente compacto y burocráticamente denso. Puede tener una presencia fiscal mínima pero una capacidad de movilización social extraordinaria, o viceversa. Lo que determina su poder real, su resiliencia histórica y su capacidad de adaptación no es una medida abstracta de "tamaño", sino la calidad de sus instituciones, la coherencia de sus mecanismos de coordinación y la adecuación de su estructura a los desafíos específicos que enfrenta.
Para explorar esta tesis, este ensayo se centra en un caso que ha representado una anomalía recurrente y persistente en la teoría política occidental: China. Durante más de dos milenios, el sistema político chino ha desafiado las expectativas generadas por teorías desarrolladas principalmente a partir de la experiencia europea. Cuando los teóricos liberales clásicos asociaban el tamaño territorial con la tiranía y la centralización excesiva, China desarrollaba formas de gobierno que combinaban unidad política con diversidad administrativa.
Cuando el marxismo predecía que el modo de producción asiático conduciría al estancamiento, China demostraba una capacidad de recuperación económica y política que superaba a la de muchas sociedades europeas. Cuando el consenso de Washington asumía que el desarrollo capitalista requería inevitablemente democratización liberal, China construía una economía de mercado dinámica bajo un régimen de partido único.
Una y otra vez, China ha actuado como el caso anómalo que obligaba a revisar, matizar o directamente abandonar teorías que se pretendían universales. Sin embargo, el objetivo de este ensayo no es presentar a China como un modelo alternativo a imitar ni como una curiosidad exótica incomprensible desde las categorías occidentales. Más bien, el caso chino sirve aquí como un instrumento heurístico que nos permite cuestionar supuestos que a menudo permanecen implícitos en nuestro pensamiento político.
Al examinar cómo un sistema político puede funcionar siguiendo lógicas distintas a las que consideramos "normales", podemos comenzar a ver con mayor claridad los límites de nuestras propias categorías analíticas y la contingencia histórica de muchas instituciones que hemos naturalizado.























