Kenji Asakura tiene veintisiete años, hace videojuegos solo en un departamento de cuarenta metros cuadrados, y una costumbre que no sabe exactamente cuándo se volvió hábito: salir al konbini del barrio a las 2 de la madrugada cuando el código no cierra y la cabeza tampoco. Ahí está Mizuki. Cajera del turno nocturno, con ojos amarillos y una paleta de caramelo siempre a medias, que separa su onigiri favorito antes de que llegue y recibe las reseñas devastadoras de Steam con la misma calma con que diría el precio de cualquier cosa.
Kenji vive a la velocidad de los plazos de entrega y las métricas de ventas. Mizuki vive a la velocidad del scanner. Lo que empieza como una transacción se convierte en conversación. Lo que empieza en conversación se convierte en algo que ninguno de los dos sabe nombrar todavía, aunque los dos saben que existe.
Kenji Asakura tiene veintisiete años, hace videojuegos solo en un departamento de cuarenta metros cuadrados, y una costumbre que no sabe exactamente cuándo se volvió hábito: salir al konbini del barrio a las 2 de la madrugada cuando el código no cierra y la cabeza tampoco. Ahí está Mizuki. Cajera del turno nocturno, con ojos amarillos y una paleta de caramelo siempre a medias, que separa su onigiri favorito antes de que llegue y recibe las reseñas devastadoras de Steam con la misma calma con que diría el precio de cualquier cosa.
Kenji vive a la velocidad de los plazos de entrega y las métricas de ventas. Mizuki vive a la velocidad del scanner. Lo que empieza como una transacción se convierte en conversación. Lo que empieza en conversación se convierte en algo que ninguno de los dos sabe nombrar todavía, aunque los dos saben que existe.