Hay una pregunta que la filosofía moderna ha intentado suprimir y que sin embargo regresa con persistencia inquietante: ¿es la realidad social algo que encontramos o algo que fabricamos? La pregunta no es nueva. Pero el modo en que distintas tradiciones intelectuales -la epistemología crítica, la economía política, la genealogía del poder, la historia narrativa y la crítica moral- han convergido en torno a una respuesta similar constituye uno de los hallazgos más perturbadores del pensamiento contemporáneo.
La respuesta provisional que articula este ensayo es la siguiente: las estructuras fundamentales de la vida social -el dinero, la verdad, la identidad, la moral, el derecho- no son reflejos de una realidad independiente, ni expresiones neutrales de necesidades humanas universales. Son, en cambio, ficciones operativas: construcciones simbólicas que adquieren eficacia real precisamente porque son estabilizadas, reproducidas y defendidas por relaciones de poder.
No son mentiras, puesto que funcionan. Tampoco son verdades, puesto que dependen de condiciones históricas contingentes. Son algo más inquietante: acuerdos que se han vuelto invisibles como tales. Esta hipótesis exige ser desarrollada con cuidado, porque su radicalidad puede fácilmente degenerar en dos errores opuestos: el escepticismo absoluto -la idea de que nada es real y todo es manipulación- y el cinismo político -la conclusión de que, si todo es construcción, nada vale la pena defender.
Ambos errores serán examinados en la conclusión de este ensayo. Por ahora, el objetivo es distinto: mostrar, desde cinco tradiciones intelectuales complementarias, que la pregunta sobre la naturaleza de la realidad social es inseparable de la pregunta sobre el poder que la sostiene.
Hay una pregunta que la filosofía moderna ha intentado suprimir y que sin embargo regresa con persistencia inquietante: ¿es la realidad social algo que encontramos o algo que fabricamos? La pregunta no es nueva. Pero el modo en que distintas tradiciones intelectuales -la epistemología crítica, la economía política, la genealogía del poder, la historia narrativa y la crítica moral- han convergido en torno a una respuesta similar constituye uno de los hallazgos más perturbadores del pensamiento contemporáneo.
La respuesta provisional que articula este ensayo es la siguiente: las estructuras fundamentales de la vida social -el dinero, la verdad, la identidad, la moral, el derecho- no son reflejos de una realidad independiente, ni expresiones neutrales de necesidades humanas universales. Son, en cambio, ficciones operativas: construcciones simbólicas que adquieren eficacia real precisamente porque son estabilizadas, reproducidas y defendidas por relaciones de poder.
No son mentiras, puesto que funcionan. Tampoco son verdades, puesto que dependen de condiciones históricas contingentes. Son algo más inquietante: acuerdos que se han vuelto invisibles como tales. Esta hipótesis exige ser desarrollada con cuidado, porque su radicalidad puede fácilmente degenerar en dos errores opuestos: el escepticismo absoluto -la idea de que nada es real y todo es manipulación- y el cinismo político -la conclusión de que, si todo es construcción, nada vale la pena defender.
Ambos errores serán examinados en la conclusión de este ensayo. Por ahora, el objetivo es distinto: mostrar, desde cinco tradiciones intelectuales complementarias, que la pregunta sobre la naturaleza de la realidad social es inseparable de la pregunta sobre el poder que la sostiene.