Existe una creencia ampliamente compartida, casi un lugar común de la sabiduría popular, según la cual las personas se vuelven más conservadoras a medida que envejecen. La frase se repite con la comodidad de lo evidente: el joven es rebelde, el adulto se modera, el viejo defiende lo que fue. Llevamos siglos formulando variantes de esta idea. Winston Churchill la condensó en aquella boutade que se le atribuye con dudosa fidelidad pero con indiscutible eficacia retórica: quien no es liberal a los veinte años no tiene corazón; quien no es conservador a los cuarenta no tiene cabeza.
La intuición viaja bien porque parece verificarse en la experiencia cotidiana: conocemos al ex militante que hoy defiende el orden establecido, al antiguo bohemio que ahora vota con prudencia, al joven idealista que con el tiempo ha ido cediendo terreno a lo que él mismo llamaría "realismo". Pero una intuición ampliamente compartida no es, por eso, una verdad demostrada. Y aquí comienza el problema.
Existe una creencia ampliamente compartida, casi un lugar común de la sabiduría popular, según la cual las personas se vuelven más conservadoras a medida que envejecen. La frase se repite con la comodidad de lo evidente: el joven es rebelde, el adulto se modera, el viejo defiende lo que fue. Llevamos siglos formulando variantes de esta idea. Winston Churchill la condensó en aquella boutade que se le atribuye con dudosa fidelidad pero con indiscutible eficacia retórica: quien no es liberal a los veinte años no tiene corazón; quien no es conservador a los cuarenta no tiene cabeza.
La intuición viaja bien porque parece verificarse en la experiencia cotidiana: conocemos al ex militante que hoy defiende el orden establecido, al antiguo bohemio que ahora vota con prudencia, al joven idealista que con el tiempo ha ido cediendo terreno a lo que él mismo llamaría "realismo". Pero una intuición ampliamente compartida no es, por eso, una verdad demostrada. Y aquí comienza el problema.