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La mitología en el mundo moderno: técnica, poder y símbolos
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- FormatePub
- ISBN8235797505
- EAN9798235797505
- Date de parution10/05/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurIoakim Ioakim
Résumé
La modernidad occidental se pensó a sí misma, desde sus orígenes ilustrados, como una gran operación de emancipación frente al mito. Su proyecto central consistía en liberar al ser humano de la tutela de las tradiciones religiosas, de las explicaciones mágicas del mundo y de las formas de autoridad fundadas en lo sagrado. Frente a la oscuridad del dogma, la Ilustración prometía la claridad de la razón; frente al miedo supersticioso, el dominio científico de la naturaleza; frente al destino impuesto por dioses, reyes o iglesias, la autonomía del sujeto racional.
Sin embargo, varios siglos después, el diagnóstico resulta más ambiguo. La ciencia y la técnica han transformado profundamente la realidad material, pero no han eliminado la necesidad humana de producir relatos, símbolos, mitos, ritos y formas colectivas de sentido. La modernidad ha desencantado parcialmente el mundo, pero no ha conseguido hacerlo completamente transparente a la razón. Esta es la paradoja fundamental de la modernidad: cuanto más se racionaliza la vida social, más aparecen nuevas formas de mitología secular.
El Estado nacional, el mercado, la tecnología, el deporte, el consumo, la cultura de masas o las redes digitales no son simples estructuras funcionales; también producen imaginarios, narrativas de salvación, figuras heroicas, enemigos demonizados, rituales colectivos y promesas de redención. Allí donde la religión tradicional retrocede, no aparece necesariamente un espacio vacío dominado por la pura racionalidad, sino nuevas configuraciones simbólicas que cumplen funciones semejantes a las del mito antiguo.
Por ello, hablar del "fracaso parcial del desencantamiento" no significa negar la potencia histórica de la ciencia ni minimizar el proceso de secularización. Significa, más bien, reconocer que la razón técnico-científica ha sido capaz de explicar y transformar el mundo en muchos aspectos, pero no de sustituir por completo las funciones antropológicas que desempeñaban el mito y lo sagrado. El ser humano no vive únicamente de explicaciones causales; necesita también orientación existencial, pertenencia, memoria, esperanza, legitimación y sentido.
La ciencia puede describir el origen físico del universo, pero no responde por sí sola a la pregunta por el valor de la existencia. Puede explicar los mecanismos biológicos de la vida, pero no produce automáticamente una comunidad moral. Puede aumentar la capacidad de intervención técnica, pero no decide los fines últimos hacia los cuales esa intervención debe dirigirse. En este punto, la modernidad revela su tensión constitutiva.
Por un lado, proclama la superación del mito mediante la razón. Por otro, continúa generando mitos bajo formas racionalizadas. Sus mitologías ya no siempre hablan de dioses, héroes divinos o fuerzas sobrenaturales, pero sí de progreso inevitable, crecimiento infinito, nación eterna, mercado autorregulado, revolución final, singularidad tecnológica o redención por medio del consumo. La forma cambia; la estructura permanece.
Sin embargo, varios siglos después, el diagnóstico resulta más ambiguo. La ciencia y la técnica han transformado profundamente la realidad material, pero no han eliminado la necesidad humana de producir relatos, símbolos, mitos, ritos y formas colectivas de sentido. La modernidad ha desencantado parcialmente el mundo, pero no ha conseguido hacerlo completamente transparente a la razón. Esta es la paradoja fundamental de la modernidad: cuanto más se racionaliza la vida social, más aparecen nuevas formas de mitología secular.
El Estado nacional, el mercado, la tecnología, el deporte, el consumo, la cultura de masas o las redes digitales no son simples estructuras funcionales; también producen imaginarios, narrativas de salvación, figuras heroicas, enemigos demonizados, rituales colectivos y promesas de redención. Allí donde la religión tradicional retrocede, no aparece necesariamente un espacio vacío dominado por la pura racionalidad, sino nuevas configuraciones simbólicas que cumplen funciones semejantes a las del mito antiguo.
Por ello, hablar del "fracaso parcial del desencantamiento" no significa negar la potencia histórica de la ciencia ni minimizar el proceso de secularización. Significa, más bien, reconocer que la razón técnico-científica ha sido capaz de explicar y transformar el mundo en muchos aspectos, pero no de sustituir por completo las funciones antropológicas que desempeñaban el mito y lo sagrado. El ser humano no vive únicamente de explicaciones causales; necesita también orientación existencial, pertenencia, memoria, esperanza, legitimación y sentido.
La ciencia puede describir el origen físico del universo, pero no responde por sí sola a la pregunta por el valor de la existencia. Puede explicar los mecanismos biológicos de la vida, pero no produce automáticamente una comunidad moral. Puede aumentar la capacidad de intervención técnica, pero no decide los fines últimos hacia los cuales esa intervención debe dirigirse. En este punto, la modernidad revela su tensión constitutiva.
Por un lado, proclama la superación del mito mediante la razón. Por otro, continúa generando mitos bajo formas racionalizadas. Sus mitologías ya no siempre hablan de dioses, héroes divinos o fuerzas sobrenaturales, pero sí de progreso inevitable, crecimiento infinito, nación eterna, mercado autorregulado, revolución final, singularidad tecnológica o redención por medio del consumo. La forma cambia; la estructura permanece.






















