Dicen que hay que apagar incendios, pero yo elegí escribir mientras las llamas crecen. No porque no me importe el fuego, sino porque descubrí que ya nadie escucha a los que gritan "¡Fuego!". Prefieren mirar cómo arde todo desde la comodidad de sus pantallas, con una pizza en la mano y el algoritmo en la otra. Así que escribo. No para apagar el incendio, sino para dejar constancia del humo. Para registrar que estuvimos aquí, vivos, conscientes, incómodos.
Escribo mientras el mundo se desangra en guerras que ya ni aparecen en los titulares. Mientras los misiles vuelan y las palabras no alcanzan. Mientras los niños mueren en silencio, y las potencias discuten desde sus sillones acolchados sobre quién tiene razón y quién el petróleo. Mientras Gaza, Ucrania, Congo, Armenia, Siria y tantos otros lugares invisibles a los ojos del trending topic siguen cayendo en pedazos.
Y el silencio de los que pueden hablar es más ensordecedor que cualquier bomba. Escribo en un mundo donde la paz es solo una palabra decorativa en discursos diplomáticos, donde la diplomacia se hace con drones, y la justicia se mide en litros de sangre. Donde las víctimas son estadísticas y los genocidios se resumen en hilos de Twitter. Escribo mientras el odio se disfraza de ideología, y la violencia se justifica con banderas.
Y mientras tanto, aquí, en este lado del mundo sin cráteres, pero con vacíos, el espectáculo continúa. Los influencers enseñan maquillaje mientras caen hospitales. Las series de streaming romantizan dictaduras mientras mueren los periodistas. Las universidades repiten frases hechas, y las escuelas enseñan una historia amputada, desmemoriada, inofensiva. Sigo escribiendo, aunque escribir ya no transforme, ni movilice, ni siquiera moleste.
Porque la palabra se volvió ruido, y el pensamiento, un lujo para quienes aún no fueron desplazados. Porque en este mundo que arde, la palabra crítica es más peligrosa que una bomba casera. Y el silencio bien portado, más premiado que la verdad. Escribo mientras la cultura se convierte en algoritmo, la empatía en contenido, la espiritualidad en producto, y la rebeldía en marketing. Escribo mientras los poetas mendigan likes, los artistas se autocensuran y los intelectuales hacen fila para no incomodar a sus patrocinadores.
Escribo, sí, mientras el mundo arde. Porque no puedo tirar agua, pero puedo lanzar palabras. Y aunque las palabras no apaguen incendios, al menos son ceniza con forma. Residuos de humanidad. Huella de que alguien miró el horror y no se volvió ciego. No escribo por esperanza. Escribo por deber. Porque si todo va a arder, que mis palabras se quemen conmigo. Pero que alguien, entre los escombros, encuentre estas letras y sepa que hubo quien eligió no callar.
Que, en medio de las ruinas, aún quedaban quienes preferían escribir. antes que fingir que todo estaba bien.
Dicen que hay que apagar incendios, pero yo elegí escribir mientras las llamas crecen. No porque no me importe el fuego, sino porque descubrí que ya nadie escucha a los que gritan "¡Fuego!". Prefieren mirar cómo arde todo desde la comodidad de sus pantallas, con una pizza en la mano y el algoritmo en la otra. Así que escribo. No para apagar el incendio, sino para dejar constancia del humo. Para registrar que estuvimos aquí, vivos, conscientes, incómodos.
Escribo mientras el mundo se desangra en guerras que ya ni aparecen en los titulares. Mientras los misiles vuelan y las palabras no alcanzan. Mientras los niños mueren en silencio, y las potencias discuten desde sus sillones acolchados sobre quién tiene razón y quién el petróleo. Mientras Gaza, Ucrania, Congo, Armenia, Siria y tantos otros lugares invisibles a los ojos del trending topic siguen cayendo en pedazos.
Y el silencio de los que pueden hablar es más ensordecedor que cualquier bomba. Escribo en un mundo donde la paz es solo una palabra decorativa en discursos diplomáticos, donde la diplomacia se hace con drones, y la justicia se mide en litros de sangre. Donde las víctimas son estadísticas y los genocidios se resumen en hilos de Twitter. Escribo mientras el odio se disfraza de ideología, y la violencia se justifica con banderas.
Y mientras tanto, aquí, en este lado del mundo sin cráteres, pero con vacíos, el espectáculo continúa. Los influencers enseñan maquillaje mientras caen hospitales. Las series de streaming romantizan dictaduras mientras mueren los periodistas. Las universidades repiten frases hechas, y las escuelas enseñan una historia amputada, desmemoriada, inofensiva. Sigo escribiendo, aunque escribir ya no transforme, ni movilice, ni siquiera moleste.
Porque la palabra se volvió ruido, y el pensamiento, un lujo para quienes aún no fueron desplazados. Porque en este mundo que arde, la palabra crítica es más peligrosa que una bomba casera. Y el silencio bien portado, más premiado que la verdad. Escribo mientras la cultura se convierte en algoritmo, la empatía en contenido, la espiritualidad en producto, y la rebeldía en marketing. Escribo mientras los poetas mendigan likes, los artistas se autocensuran y los intelectuales hacen fila para no incomodar a sus patrocinadores.
Escribo, sí, mientras el mundo arde. Porque no puedo tirar agua, pero puedo lanzar palabras. Y aunque las palabras no apaguen incendios, al menos son ceniza con forma. Residuos de humanidad. Huella de que alguien miró el horror y no se volvió ciego. No escribo por esperanza. Escribo por deber. Porque si todo va a arder, que mis palabras se quemen conmigo. Pero que alguien, entre los escombros, encuentre estas letras y sepa que hubo quien eligió no callar.
Que, en medio de las ruinas, aún quedaban quienes preferían escribir. antes que fingir que todo estaba bien.