Hay un momento en la vida -no importa si llega a los veinte, treinta, cuarenta o en una fila del supermercado- en el que descubres algo inquietante: nadie tiene tan claro lo que está haciendo como parecía. No hay una ceremonia secreta de adultos competentes. No existe una tarjeta dorada que llega por correo diciendo: "Felicitaciones, ya entendió la vida". Lo que sí existe es gente que responde correos con seguridad mientras por dentro piensa: "ojalá nadie haga preguntas adicionales".
De pequeño uno imagina que crecer consiste en obtener respuestas. Que llegará un día mágico donde entenderás impuestos, relaciones, carreras profesionales, dolores de espalda y por qué la gente compra plantas para relajarse. Pero crecer resulta ser abrir quince pestañas del navegador, olvidar para qué abriste doce y convencerte de que mañana sí empiezas a organizar tu vida. El problema no es que nadie sepa nada.
El problema es el espectáculo. Hay personas que hablan de productividad como si hubieran negociado directamente con el tiempo. Otros publican fotos con frases como "construyendo mis sueños" cuando hace veinte minutos buscaron en internet: cómo saber si estoy teniendo una crisis existencial o solo sueño. Todos actuamos un poco. Algunos con elegancia. Otros con conexión a internet. La caída del personaje ocurre cuando notas que tus padres también improvisaban.
Que tus profesores parecían sabios porque tenían diez años más que tú y una carpeta. Que muchos jefes no son estrategas brillantes sino personas que aprendieron a decir "revisemos eso" con suficiente confianza. Descubrir esto es duro porque destruye una fantasía antigua: la idea de que alguien sí tenía el manual. Entonces empieza la comparación. Ves gente comprando casa, casándose, teniendo hijos, emprendiendo, corriendo maratones o diciendo cosas peligrosas como "me levanté a las cinco porque quería".
Y tú ahí, intentando recordar si ya pagaste una factura o si solo soñaste que la pagabas. Pero luego descubres que la persona del maratón tiene ansiedad, la del emprendimiento está agotada y la de la casa lleva meses viendo tutoriales de cómo usar el taladro.
Hay un momento en la vida -no importa si llega a los veinte, treinta, cuarenta o en una fila del supermercado- en el que descubres algo inquietante: nadie tiene tan claro lo que está haciendo como parecía. No hay una ceremonia secreta de adultos competentes. No existe una tarjeta dorada que llega por correo diciendo: "Felicitaciones, ya entendió la vida". Lo que sí existe es gente que responde correos con seguridad mientras por dentro piensa: "ojalá nadie haga preguntas adicionales".
De pequeño uno imagina que crecer consiste en obtener respuestas. Que llegará un día mágico donde entenderás impuestos, relaciones, carreras profesionales, dolores de espalda y por qué la gente compra plantas para relajarse. Pero crecer resulta ser abrir quince pestañas del navegador, olvidar para qué abriste doce y convencerte de que mañana sí empiezas a organizar tu vida. El problema no es que nadie sepa nada.
El problema es el espectáculo. Hay personas que hablan de productividad como si hubieran negociado directamente con el tiempo. Otros publican fotos con frases como "construyendo mis sueños" cuando hace veinte minutos buscaron en internet: cómo saber si estoy teniendo una crisis existencial o solo sueño. Todos actuamos un poco. Algunos con elegancia. Otros con conexión a internet. La caída del personaje ocurre cuando notas que tus padres también improvisaban.
Que tus profesores parecían sabios porque tenían diez años más que tú y una carpeta. Que muchos jefes no son estrategas brillantes sino personas que aprendieron a decir "revisemos eso" con suficiente confianza. Descubrir esto es duro porque destruye una fantasía antigua: la idea de que alguien sí tenía el manual. Entonces empieza la comparación. Ves gente comprando casa, casándose, teniendo hijos, emprendiendo, corriendo maratones o diciendo cosas peligrosas como "me levanté a las cinco porque quería".
Y tú ahí, intentando recordar si ya pagaste una factura o si solo soñaste que la pagabas. Pero luego descubres que la persona del maratón tiene ansiedad, la del emprendimiento está agotada y la de la casa lleva meses viendo tutoriales de cómo usar el taladro.