Nunca imaginé que la vida, tan generosa en sus inicios, pudiera volverse tan cruel en su final. De joven, con la arrogancia de quien se siente eterna, pensé que el mundo era demasiado pequeño para mis sueños y demasiado estrecho para una cuna. Caminaba con pasos decididos, convencida de que la libertad era incompatible con la maternidad. Me repetía que no había nacido para arrullos ni desvelos, que mi destino era ligero y que tener un hijo sería cargar un peso que no deseaba llevar.
No sabía entonces que algunos vacíos no se llenan con viajes, ni con logros, ni con noches sin horarios. Con la misma prisa con la que tomaba decisiones triviales, también tomé medidas que marcaron mi cuerpo y mi historia. Aborté sin lágrimas, sin temblores, sin mayores preguntas. Eran tiempos en los que creía que la vida se ajustaba a mis deseos, y que el futuro era un concepto tan abstracto que no merecía ser considerado.
Me convencí de que aquello no me dolería jamás, que el alivio era prueba suficiente de que había elegido bien. Nunca pensé que lo que en aquel momento parecía una puerta que cerraba, con los años se convertiría en una ventana abierta por la que se colaría el viento frío del arrepentimiento. Los años pasaron, y yo seguí avanzando sin mirar atrás. Construí una vida que parecía consistente, respetable, incluso envidiable.
Tenía tiempo, tenía independencia, tenía silencios que entonces celebraba. Pero el tiempo, sabio y cruel, comenzó a desgastar mis certezas como el mar que pule las rocas. Un día, sin aviso, el silencio dejó de ser alivio y se convirtió en un compañero demasiado grande para mi pequeña casa. Me encontré hablándole a las paredes, como si esperara una respuesta que nunca llegaba. Fue entonces cuando la voz suave y diminuta que nunca escuché empezó a pesar en mi memoria.
La vejez no llegó de golpe, pero sí llegó acompañada. Trajo consigo noches largas en las que pensé en lo que no había permitido nacer, y mañanas frías en las que descubrí que no había nadie que pudiera llamarme mamá. Es una palabra sencilla, apenas dos sílabas, pero basta con escucharla en boca ajena para sentir cómo se quiebra algo dentro. Yo, que tanto defendí la elección de no ser madre, me encuentro ahora recogiendo pedazos de una historia que me faltó vivir.
Y es que no duele solo lo que fue, sino también lo que nunca tuvo la oportunidad de ser. A veces, cierro los ojos y trato de imaginar los rostros perdidos: niños que no llegaron a ser, vidas que no tocaron la tierra, nombres que nunca pronuncié. Imagino manos pequeñas agarrando las mías, o voces jóvenes discutiendo conmigo por alguna tontería cotidiana. Me pregunto qué habrían pensado de mí, qué habrían heredado, qué parte de mi risa o de mi carácter hubieran llevado en los ojos.
Pero todo queda en un quizá, en una nube que se disuelve apenas intento aferrarme a ella. No hay consuelo para esa ausencia que yo misma fabriqué. Hoy, mientras camino por la casa como hoja seca movida por cualquier corriente, admito lo que tanto me costó reconocer: no sabía que podía arrepentirme.
Nunca imaginé que la vida, tan generosa en sus inicios, pudiera volverse tan cruel en su final. De joven, con la arrogancia de quien se siente eterna, pensé que el mundo era demasiado pequeño para mis sueños y demasiado estrecho para una cuna. Caminaba con pasos decididos, convencida de que la libertad era incompatible con la maternidad. Me repetía que no había nacido para arrullos ni desvelos, que mi destino era ligero y que tener un hijo sería cargar un peso que no deseaba llevar.
No sabía entonces que algunos vacíos no se llenan con viajes, ni con logros, ni con noches sin horarios. Con la misma prisa con la que tomaba decisiones triviales, también tomé medidas que marcaron mi cuerpo y mi historia. Aborté sin lágrimas, sin temblores, sin mayores preguntas. Eran tiempos en los que creía que la vida se ajustaba a mis deseos, y que el futuro era un concepto tan abstracto que no merecía ser considerado.
Me convencí de que aquello no me dolería jamás, que el alivio era prueba suficiente de que había elegido bien. Nunca pensé que lo que en aquel momento parecía una puerta que cerraba, con los años se convertiría en una ventana abierta por la que se colaría el viento frío del arrepentimiento. Los años pasaron, y yo seguí avanzando sin mirar atrás. Construí una vida que parecía consistente, respetable, incluso envidiable.
Tenía tiempo, tenía independencia, tenía silencios que entonces celebraba. Pero el tiempo, sabio y cruel, comenzó a desgastar mis certezas como el mar que pule las rocas. Un día, sin aviso, el silencio dejó de ser alivio y se convirtió en un compañero demasiado grande para mi pequeña casa. Me encontré hablándole a las paredes, como si esperara una respuesta que nunca llegaba. Fue entonces cuando la voz suave y diminuta que nunca escuché empezó a pesar en mi memoria.
La vejez no llegó de golpe, pero sí llegó acompañada. Trajo consigo noches largas en las que pensé en lo que no había permitido nacer, y mañanas frías en las que descubrí que no había nadie que pudiera llamarme mamá. Es una palabra sencilla, apenas dos sílabas, pero basta con escucharla en boca ajena para sentir cómo se quiebra algo dentro. Yo, que tanto defendí la elección de no ser madre, me encuentro ahora recogiendo pedazos de una historia que me faltó vivir.
Y es que no duele solo lo que fue, sino también lo que nunca tuvo la oportunidad de ser. A veces, cierro los ojos y trato de imaginar los rostros perdidos: niños que no llegaron a ser, vidas que no tocaron la tierra, nombres que nunca pronuncié. Imagino manos pequeñas agarrando las mías, o voces jóvenes discutiendo conmigo por alguna tontería cotidiana. Me pregunto qué habrían pensado de mí, qué habrían heredado, qué parte de mi risa o de mi carácter hubieran llevado en los ojos.
Pero todo queda en un quizá, en una nube que se disuelve apenas intento aferrarme a ella. No hay consuelo para esa ausencia que yo misma fabriqué. Hoy, mientras camino por la casa como hoja seca movida por cualquier corriente, admito lo que tanto me costó reconocer: no sabía que podía arrepentirme.