Nouveauté
Cuando el Estado entró en los sueños
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- FormatePub
- ISBN8235750401
- EAN9798235750401
- Date de parution05/06/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurIoakim Ioakim
Résumé
Hubo un tiempo en que los seres humanos creían que sus pensamientos más profundos pertenecían únicamente a ellos. Podían vigilar sus palabras, controlar sus actos e incluso censurar sus emociones en público, pero al llegar la noche seguía existiendo un territorio inviolable donde ninguna autoridad podía entrar: el reino de los sueños. Aquella certeza desapareció para siempre. Nadie recuerda ya quién fue el primero en proponerlo.
Algunos dicen que nació en los laboratorios del Estado; otros, que surgió de un comité de expertos obsesionados con predecir el comportamiento humano. Lo único indiscutible es que, una mañana, el Gobierno anunció una nueva disposición nacional que cambiaría la vida de todos. La medida parecía sencilla. Cada ciudadano tendría la obligación de registrar por escrito todo lo que hubiera soñado durante la noche y entregar el informe a las autoridades correspondientes.
No hacerlo equivaldría a ocultar información sensible para la seguridad pública. La noticia provocó desconcierto, burlas y preguntas. Sin embargo, las dudas duraron poco. Las leyes más extrañas suelen imponerse con rapidez cuando vienen acompañadas de castigos ejemplares. Pocas semanas después, surgió la institución encargada de administrar el nuevo sistema: el Ministerio de los Sueños. Su sede dominaba el horizonte de la capital como una fortaleza silenciosa.
Era un edificio inmenso, de líneas severas y ventanas oscuras, donde miles de funcionarios clasificaban, analizaban y archivaban millones de relatos nocturnos. Cada ciudadano recibió un cuaderno oficial para registrar sus sueños con precisión. No importaba si eran fragmentos inconexos, recuerdos deformados o imágenes imposibles. Todo debía quedar documentado. El Gobierno insistía en que aquella vigilancia era necesaria.
Según los comunicados oficiales, los sueños revelaban impulsos ocultos, deseos reprimidos y posibles amenazas futuras. Si se estudiaban adecuadamente, afirmaban los expertos, podrían identificarse actos criminales antes de que ocurrieran, detectar focos de descontento social y prevenir cualquier forma de rebelión. La campaña de propaganda inundó las calles."Los sueños son información.""La seguridad comienza mientras duermes.""Quien oculta sus sueños oculta sus intenciones."Las consignas aparecieron en pantallas, estaciones, escuelas y edificios públicos hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano.
Al principio hubo resistencia. Algunos ciudadanos destruyeron sus cuadernos. Otros fingían no recordar lo que habían soñado. Unos pocos intentaron entrenarse para no soñar en absoluto. Pero el Estado había previsto cada reacción. Pronto aparecieron inspectores especializados, unidades de control del sueño y tribunales encargados de juzgar a quienes presentaban registros incompletos o sospechosamente vacíos.
Con el paso de los años, la vigilancia se volvió costumbre. Miles de ciudadanos relataban los mismos escenarios, los mismos símbolos y los mismos rostros sin haberse conocido jamás. Las autoridades declararon que se trataba de una coincidencia estadística. Los científicos hablaron de patrones psicológicos colectivos. Los medios oficiales repitieron las explicaciones una y otra vez. Pero las coincidencias tienen límites.
Y aquellos sueños parecían obedecer a una voluntad propia. Poco a poco comenzó a extenderse una sospecha que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Si el Estado podía leer los sueños de la población..¿quién podía asegurar que no había aprendido también a crearlos?Esa pregunta, peligrosa y silenciosa, empezó a abrirse paso entre las grietas del sistema. Y una vez que una duda entra en la mente de un pueblo, ni siquiera los sueños pueden contenerla.
Algunos dicen que nació en los laboratorios del Estado; otros, que surgió de un comité de expertos obsesionados con predecir el comportamiento humano. Lo único indiscutible es que, una mañana, el Gobierno anunció una nueva disposición nacional que cambiaría la vida de todos. La medida parecía sencilla. Cada ciudadano tendría la obligación de registrar por escrito todo lo que hubiera soñado durante la noche y entregar el informe a las autoridades correspondientes.
No hacerlo equivaldría a ocultar información sensible para la seguridad pública. La noticia provocó desconcierto, burlas y preguntas. Sin embargo, las dudas duraron poco. Las leyes más extrañas suelen imponerse con rapidez cuando vienen acompañadas de castigos ejemplares. Pocas semanas después, surgió la institución encargada de administrar el nuevo sistema: el Ministerio de los Sueños. Su sede dominaba el horizonte de la capital como una fortaleza silenciosa.
Era un edificio inmenso, de líneas severas y ventanas oscuras, donde miles de funcionarios clasificaban, analizaban y archivaban millones de relatos nocturnos. Cada ciudadano recibió un cuaderno oficial para registrar sus sueños con precisión. No importaba si eran fragmentos inconexos, recuerdos deformados o imágenes imposibles. Todo debía quedar documentado. El Gobierno insistía en que aquella vigilancia era necesaria.
Según los comunicados oficiales, los sueños revelaban impulsos ocultos, deseos reprimidos y posibles amenazas futuras. Si se estudiaban adecuadamente, afirmaban los expertos, podrían identificarse actos criminales antes de que ocurrieran, detectar focos de descontento social y prevenir cualquier forma de rebelión. La campaña de propaganda inundó las calles."Los sueños son información.""La seguridad comienza mientras duermes.""Quien oculta sus sueños oculta sus intenciones."Las consignas aparecieron en pantallas, estaciones, escuelas y edificios públicos hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano.
Al principio hubo resistencia. Algunos ciudadanos destruyeron sus cuadernos. Otros fingían no recordar lo que habían soñado. Unos pocos intentaron entrenarse para no soñar en absoluto. Pero el Estado había previsto cada reacción. Pronto aparecieron inspectores especializados, unidades de control del sueño y tribunales encargados de juzgar a quienes presentaban registros incompletos o sospechosamente vacíos.
Con el paso de los años, la vigilancia se volvió costumbre. Miles de ciudadanos relataban los mismos escenarios, los mismos símbolos y los mismos rostros sin haberse conocido jamás. Las autoridades declararon que se trataba de una coincidencia estadística. Los científicos hablaron de patrones psicológicos colectivos. Los medios oficiales repitieron las explicaciones una y otra vez. Pero las coincidencias tienen límites.
Y aquellos sueños parecían obedecer a una voluntad propia. Poco a poco comenzó a extenderse una sospecha que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Si el Estado podía leer los sueños de la población..¿quién podía asegurar que no había aprendido también a crearlos?Esa pregunta, peligrosa y silenciosa, empezó a abrirse paso entre las grietas del sistema. Y una vez que una duda entra en la mente de un pueblo, ni siquiera los sueños pueden contenerla.




















