SOLDES
Jusqu'à -70% sur une sélection d'articles*
Nouveauté
Bajo el cielo de Gaza Cuando el amor se convierte en refugio
Par :Formats :
Disponible dans votre compte client Decitre ou Furet du Nord dès validation de votre commande. Le format ePub est :
- Compatible avec une lecture sur My Vivlio (smartphone, tablette, ordinateur)
- Compatible avec une lecture sur liseuses Vivlio
- Pour les liseuses autres que Vivlio, vous devez utiliser le logiciel Adobe Digital Edition. Non compatible avec la lecture sur les liseuses Kindle, Remarkable et Sony
, qui est-ce ?Notre partenaire de plateforme de lecture numérique où vous retrouverez l'ensemble de vos ebooks gratuitement
Pour en savoir plus sur nos ebooks, consultez notre aide en ligne ici
- FormatePub
- ISBN8235776814
- EAN9798235776814
- Date de parution02/06/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurIoakim Ioakim
Résumé
La guerra no llegó a Gaza con los primeros misiles. Había llegado mucho antes, infiltrándose lentamente en la vida cotidiana, instalándose en los detalles más comunes de la existencia. Llegó con los muros que crecían año tras año sobre el horizonte, con los puestos de control que dividían los caminos y las vidas, con las noches vigiladas por drones invisibles y con los apagones que habían convertido la oscuridad en una presencia habitual.
También llegó con los niños que aprendían el significado del miedo antes de aprender a escribir su propio nombre. Pero aquel día fue diferente. La guerra dejó de ser una amenaza latente suspendida sobre los tejados y descendió sobre las calles con una violencia imposible de ignorarEl amanecer había nacido sereno. El Mediterráneo reflejaba una luz azul y tranquila que parecía ajena a la larga historia de sufrimiento escrita sobre aquella estrecha franja de tierra.
Las gaviotas planeaban sobre el puerto mientras los pescadores preparaban sus redes y los comerciantes abrían las persianas de pequeños negocios que sobrevivían con dificultad a años de bloqueo, precariedad e incertidumbre. Durante unas horas, la ciudad conservó la apariencia de una mañana cualquiera. Los niños caminaban hacia las escuelas, las madres amasaban pan, los ancianos compartían té en las aceras y los jóvenes intercambiaban mensajes desde teléfonos cuyas pantallas agrietadas parecían reflejar la fragilidad de la vida que los rodeaba.
La transformación comenzó de manera casi imperceptible. Las noticias empezaron a circular con la rapidez de un incendio alimentado por el viento. Primero llegaron rumores dispersos; después, mensajes nerviosos y llamadas entrecortadas; más tarde, vídeos confusos que mostraban escenas difíciles de comprender. Las palabras se repetían una y otra vez en conversaciones, pantallas y emisiones informativas: ataques, combates, muertos, secuestros, soldados, civiles, Israel, Hamás.
Sin embargo, ninguna de ellas lograba revelar todavía la magnitud de la tragedia que estaba comenzando. La mayoría de las personas no comprendió de inmediato lo que ocurría, pero sí percibió que algo fundamental acababa de romperse. En cuestión de horas, los teléfonos dejaron de transmitir conversaciones cotidianas y comenzaron a transmitir despedidas. Los hospitales recibieron las primeras ambulancias, las sirenas se apoderaron de los noticieros, los dirigentes pronunciaron discursos solemnes y las redes sociales se llenaron de imágenes que parecían desafiar cualquier explicación razonable.
Sobre Gaza empezó a extenderse una sensación antigua, conocida por todos aquellos que habían vivido conflictos anteriores: la impresión de que el futuro acababa de encogerse de repente y de que el horizonte, que ya era estrecho, se había vuelto todavía más pequeño. Desde los barrios más humildes hasta las avenidas más concurridas, la población observaba los acontecimientos con una mezcla de temor y resignación.
Muchos habían sobrevivido a otras guerras y habían aprendido a reconocer señales que para un observador externo podían pasar inadvertidas. Sabían interpretar los silencios, las miradas y los cambios de tono en las voces. La experiencia les había enseñado que, cuando los dirigentes prometían represalias y los hombres poderosos hablaban de venganza, quienes terminaban pagando el precio más alto eran casi siempre los mismos: los civiles que no participaban en las decisiones, que no disponían de ejércitos y que únicamente intentaban preservar una vida normal en medio de circunstancias extraordinarias.
También llegó con los niños que aprendían el significado del miedo antes de aprender a escribir su propio nombre. Pero aquel día fue diferente. La guerra dejó de ser una amenaza latente suspendida sobre los tejados y descendió sobre las calles con una violencia imposible de ignorarEl amanecer había nacido sereno. El Mediterráneo reflejaba una luz azul y tranquila que parecía ajena a la larga historia de sufrimiento escrita sobre aquella estrecha franja de tierra.
Las gaviotas planeaban sobre el puerto mientras los pescadores preparaban sus redes y los comerciantes abrían las persianas de pequeños negocios que sobrevivían con dificultad a años de bloqueo, precariedad e incertidumbre. Durante unas horas, la ciudad conservó la apariencia de una mañana cualquiera. Los niños caminaban hacia las escuelas, las madres amasaban pan, los ancianos compartían té en las aceras y los jóvenes intercambiaban mensajes desde teléfonos cuyas pantallas agrietadas parecían reflejar la fragilidad de la vida que los rodeaba.
La transformación comenzó de manera casi imperceptible. Las noticias empezaron a circular con la rapidez de un incendio alimentado por el viento. Primero llegaron rumores dispersos; después, mensajes nerviosos y llamadas entrecortadas; más tarde, vídeos confusos que mostraban escenas difíciles de comprender. Las palabras se repetían una y otra vez en conversaciones, pantallas y emisiones informativas: ataques, combates, muertos, secuestros, soldados, civiles, Israel, Hamás.
Sin embargo, ninguna de ellas lograba revelar todavía la magnitud de la tragedia que estaba comenzando. La mayoría de las personas no comprendió de inmediato lo que ocurría, pero sí percibió que algo fundamental acababa de romperse. En cuestión de horas, los teléfonos dejaron de transmitir conversaciones cotidianas y comenzaron a transmitir despedidas. Los hospitales recibieron las primeras ambulancias, las sirenas se apoderaron de los noticieros, los dirigentes pronunciaron discursos solemnes y las redes sociales se llenaron de imágenes que parecían desafiar cualquier explicación razonable.
Sobre Gaza empezó a extenderse una sensación antigua, conocida por todos aquellos que habían vivido conflictos anteriores: la impresión de que el futuro acababa de encogerse de repente y de que el horizonte, que ya era estrecho, se había vuelto todavía más pequeño. Desde los barrios más humildes hasta las avenidas más concurridas, la población observaba los acontecimientos con una mezcla de temor y resignación.
Muchos habían sobrevivido a otras guerras y habían aprendido a reconocer señales que para un observador externo podían pasar inadvertidas. Sabían interpretar los silencios, las miradas y los cambios de tono en las voces. La experiencia les había enseñado que, cuando los dirigentes prometían represalias y los hombres poderosos hablaban de venganza, quienes terminaban pagando el precio más alto eran casi siempre los mismos: los civiles que no participaban en las decisiones, que no disponían de ejércitos y que únicamente intentaban preservar una vida normal en medio de circunstancias extraordinarias.


















