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Manual sucio de la política colombiana
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- FormatePub
- ISBN8235975019
- EAN9798235975019
- Date de parution05/05/2026
- Protection num.pas de protection
- Infos supplémentairesepub
- ÉditeurIoakim Ioakim
Résumé
En Colombia no todo está definido de antemano, aunque muchas decisiones sí se van moldeando mucho antes de que el ciudadano llegue a las urnas. Hay momentos en los que el sistema se agrieta y la ciudadanía percibe con mayor claridad quién concentra influencia y cómo se reorganiza el poder. Esos quiebres no dependen solo de campañas, sino de ciclos históricos, crisis acumuladas y cambios de percepción colectiva que alteran el rumbo político.
En ese recorrido reciente, el ciclo de Juan Manuel Santos marcó un punto de inflexión. Llegó al poder como parte de una continuidad del uribismo, pero terminó redefiniendo alianzas, abriendo negociaciones clave y reorganizando el mapa político desde el centro del Estado. Su gobierno mostró que las coaliciones en Colombia no son estáticas: se transforman desde dentro según las necesidades de gobernabilidad.
Después vino el ascenso de Iván Duque, cuya llegada a la presidencia no se explicó tanto por una trayectoria política propia consolidada, sino por su inserción en una estructura ya existente que lo proyectó como figura de continuidad. Su perfil respondió más a una decisión de coalición que a una carrera política tradicional de largo recorrido. Ese gobierno terminó reflejando esa dependencia estructural: continuidad más que ruptura.
Ese ciclo de continuidad y desgaste abrió el espacio para un cambio más profundo. Gustavo Petro llega al poder en un contexto distinto: protestas masivas, desconfianza institucional acumulada y un cansancio extendido frente a las élites tradicionales. Su elección expresa un giro social que busca alterar el orden político existente, aunque al mismo tiempo su gobierno enfrenta tensiones institucionales, resistencias estructurales y límites propios del aparato estatal.
En paralelo, figuras como Iván Cepeda representan otra dimensión del sistema: la disputa institucional prolongada. Su papel se ha consolidado en medio de debates judiciales, controversias políticas y defensa de agendas de derechos humanos, en un escenario donde la justicia, la política y la opinión pública se cruzan de forma constante. Su relevancia no depende de la lógica electoral tradicional, sino de su posición dentro de conflictos estructurales más amplios del Estado y del sistema judicial.
En ese mismo escenario, la política colombiana ha mostrado una capacidad permanente de recomposición. Cambios de partido, reconfiguración de alianzas y reubicación estratégica de liderazgos hacen parte del funcionamiento habitual del sistema. El poder no se mueve de forma lineal, sino mediante ajustes entre actores que buscan mantenerse vigentes en distintas coyunturas. Dentro de esa lógica también se entiende el papel de Paloma Valencia, cuya influencia no depende únicamente de la aceptación individual, sino de su ubicación dentro de una estructura política más amplia.
Su proyección se ha fortalecido dentro de una coalición que articula identidad política, cohesión interna y continuidad ideológica, en la que el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez funciona como eje de referencia. En este tipo de dinámicas, ciertas figuras adquieren relevancia no necesariamente por popularidad espontánea, sino por su capacidad de ser posicionadas dentro de una marca política consolidada que organiza apoyos, disciplina interna y narrativa electoral.
Al mismo tiempo, el sistema político no opera en el vacío. Empresarios, sistema financiero, altas cortes y sectores vinculados a áreas estratégicas como la salud influyen en las condiciones materiales del poder. En el Congreso, esas tensiones se traducen en negociaciones permanentes sobre reformas, presupuestos y políticas públicas, donde confluyen intereses públicos y privados en disputa constante.
En ese recorrido reciente, el ciclo de Juan Manuel Santos marcó un punto de inflexión. Llegó al poder como parte de una continuidad del uribismo, pero terminó redefiniendo alianzas, abriendo negociaciones clave y reorganizando el mapa político desde el centro del Estado. Su gobierno mostró que las coaliciones en Colombia no son estáticas: se transforman desde dentro según las necesidades de gobernabilidad.
Después vino el ascenso de Iván Duque, cuya llegada a la presidencia no se explicó tanto por una trayectoria política propia consolidada, sino por su inserción en una estructura ya existente que lo proyectó como figura de continuidad. Su perfil respondió más a una decisión de coalición que a una carrera política tradicional de largo recorrido. Ese gobierno terminó reflejando esa dependencia estructural: continuidad más que ruptura.
Ese ciclo de continuidad y desgaste abrió el espacio para un cambio más profundo. Gustavo Petro llega al poder en un contexto distinto: protestas masivas, desconfianza institucional acumulada y un cansancio extendido frente a las élites tradicionales. Su elección expresa un giro social que busca alterar el orden político existente, aunque al mismo tiempo su gobierno enfrenta tensiones institucionales, resistencias estructurales y límites propios del aparato estatal.
En paralelo, figuras como Iván Cepeda representan otra dimensión del sistema: la disputa institucional prolongada. Su papel se ha consolidado en medio de debates judiciales, controversias políticas y defensa de agendas de derechos humanos, en un escenario donde la justicia, la política y la opinión pública se cruzan de forma constante. Su relevancia no depende de la lógica electoral tradicional, sino de su posición dentro de conflictos estructurales más amplios del Estado y del sistema judicial.
En ese mismo escenario, la política colombiana ha mostrado una capacidad permanente de recomposición. Cambios de partido, reconfiguración de alianzas y reubicación estratégica de liderazgos hacen parte del funcionamiento habitual del sistema. El poder no se mueve de forma lineal, sino mediante ajustes entre actores que buscan mantenerse vigentes en distintas coyunturas. Dentro de esa lógica también se entiende el papel de Paloma Valencia, cuya influencia no depende únicamente de la aceptación individual, sino de su ubicación dentro de una estructura política más amplia.
Su proyección se ha fortalecido dentro de una coalición que articula identidad política, cohesión interna y continuidad ideológica, en la que el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez funciona como eje de referencia. En este tipo de dinámicas, ciertas figuras adquieren relevancia no necesariamente por popularidad espontánea, sino por su capacidad de ser posicionadas dentro de una marca política consolidada que organiza apoyos, disciplina interna y narrativa electoral.
Al mismo tiempo, el sistema político no opera en el vacío. Empresarios, sistema financiero, altas cortes y sectores vinculados a áreas estratégicas como la salud influyen en las condiciones materiales del poder. En el Congreso, esas tensiones se traducen en negociaciones permanentes sobre reformas, presupuestos y políticas públicas, donde confluyen intereses públicos y privados en disputa constante.






















