El otro día, al revisar mis papeles, hallé en mi mesa la siguiente copia de una carta que envié, un ano ha, a un viejo conocido del colegio. Querido Charles : Creo que cuando tú y yo estuvimos juntos en Eton no éramos lo que podría llamarse personajes populares ; tú eras un ser sarcástico, observador, perspicaz y frío ; no intentaré trazar mi propio retrato, pero no recuerdo que fuera especialmente atractivo, ¿y tú? Desconozco qué magnetismo animal nos unió ; desde luego, yo jamás albergué por ti sentimiento alguno que se pareciera al de Pilades y Orestes, y tengo razones para creer que, por tu parte, estabas igualmente lejos de cualquier sentimiento romántico.
No obstante, fuera de las horas lectivas, estábamos siempre juntos, charlando y paseando ; cuando el tema de conversación eran nuestros companeros o nuestros maestros, nos comprendíamos mutuamente, y cuando yo recurría a alguna expresión de afecto, a un aprecio vago por algo excelente o hermoso, tanto si era de naturaleza animada como inanimada, tu sardónica frialdad no me impresionaba ; entonces, como ahora, me sentía superior a tal freno.
Ha pasado mucho tiempo desde que te escribí y más aún desde que nos vimos ; el otro día, hojeando casualmente un periódico de tu condado, mis ojos fueron a dar con tu nombre. Empecé a pensar en los viejos tiempos, a repasar los acontecimientos ocurridos desde que nos separamos y me senté para escribir esta carta ; no sé cuáles han sido tus ocupaciones, pero oirás, si decides escucharme, cómo el mundo me ha tratado a mí.
El otro día, al revisar mis papeles, hallé en mi mesa la siguiente copia de una carta que envié, un ano ha, a un viejo conocido del colegio. Querido Charles : Creo que cuando tú y yo estuvimos juntos en Eton no éramos lo que podría llamarse personajes populares ; tú eras un ser sarcástico, observador, perspicaz y frío ; no intentaré trazar mi propio retrato, pero no recuerdo que fuera especialmente atractivo, ¿y tú? Desconozco qué magnetismo animal nos unió ; desde luego, yo jamás albergué por ti sentimiento alguno que se pareciera al de Pilades y Orestes, y tengo razones para creer que, por tu parte, estabas igualmente lejos de cualquier sentimiento romántico.
No obstante, fuera de las horas lectivas, estábamos siempre juntos, charlando y paseando ; cuando el tema de conversación eran nuestros companeros o nuestros maestros, nos comprendíamos mutuamente, y cuando yo recurría a alguna expresión de afecto, a un aprecio vago por algo excelente o hermoso, tanto si era de naturaleza animada como inanimada, tu sardónica frialdad no me impresionaba ; entonces, como ahora, me sentía superior a tal freno.
Ha pasado mucho tiempo desde que te escribí y más aún desde que nos vimos ; el otro día, hojeando casualmente un periódico de tu condado, mis ojos fueron a dar con tu nombre. Empecé a pensar en los viejos tiempos, a repasar los acontecimientos ocurridos desde que nos separamos y me senté para escribir esta carta ; no sé cuáles han sido tus ocupaciones, pero oirás, si decides escucharme, cómo el mundo me ha tratado a mí.