Iris Havik conoce los corazones de su pueblo mejor que sus rostros. En Duinhoef, un pueblo de la costa holandesa, la gente conoce su frecuencia cardíaca latido a latido y a su vecino ni de nombre. Iris es su fisioterapeuta cardíaca: cada mañana lee los datos de quienes corren a su lado -la recuperación, las malas noches-, y sabe quién sale demasiado fuerte y quién calla algo. Un jueves de octubre, Bram Selier aparece muerto en las dunas.
Su reloj lo ha apuntado todo con letra clara: la última carrera, el pulso que se detiene a las seis y doce de la mañana. Una muerte limpia, dicen. El pueblo entero se lo cree. Iris no. Un corazón tiene una letra, y la letra de esa curva no se parece a la de Bram. ¿Ha manipulado alguien los datos? ¿Llevaba puesto su propio reloj aquella mañana? Es la única que puede hacer esas preguntas. Y poco a poco empieza a entender lo que le va a costar hacerlas en voz alta.
Hay corazones que no mienten. La gente, sí.
Iris Havik conoce los corazones de su pueblo mejor que sus rostros. En Duinhoef, un pueblo de la costa holandesa, la gente conoce su frecuencia cardíaca latido a latido y a su vecino ni de nombre. Iris es su fisioterapeuta cardíaca: cada mañana lee los datos de quienes corren a su lado -la recuperación, las malas noches-, y sabe quién sale demasiado fuerte y quién calla algo. Un jueves de octubre, Bram Selier aparece muerto en las dunas.
Su reloj lo ha apuntado todo con letra clara: la última carrera, el pulso que se detiene a las seis y doce de la mañana. Una muerte limpia, dicen. El pueblo entero se lo cree. Iris no. Un corazón tiene una letra, y la letra de esa curva no se parece a la de Bram. ¿Ha manipulado alguien los datos? ¿Llevaba puesto su propio reloj aquella mañana? Es la única que puede hacer esas preguntas. Y poco a poco empieza a entender lo que le va a costar hacerlas en voz alta.
Hay corazones que no mienten. La gente, sí.