Compuesta en los albores del siglo V, en un mundo que se desmoronaba bajo el peso de su propia historia, La ciudad de Dios (De civitate Dei) constituye la respuesta teológica más formidable y perdurable de Agustín de Hipona al enigma del tiempo, la fragilidad de los imperios y el destino último de la humanidad. Redactada a lo largo de tres lustros, en un arco temporal que abarca desde el saqueo de Roma por las huestes de Alarico hasta la consolidación de una nueva ecúmene cristiana, esta obra magna no es meramente una apologética circunstancial frente a la acusación pagana de que el cristianismo había debilitado al Imperio, sino una auténtica teología de la historia, inigualada en su alcance especulativo y en su grandeza arquitectónica.
Agustín despliega en sus veintidós libros una vasta y profunda meditación sobre la condición humana, vertebrada en torno a la contraposición radical entre dos ciudades místicas, la terrena y la celeste, entretejidas en el seno de la historia pero gobernadas por principios antitéticos: el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo.
Desde la refutación del politeísmo y la demonolatría de la cultura clásica, pasando por la exégesis de la historia sagrada, hasta la escatología final, la obra no cesa de desvelar la dialéctica secreta que rige el devenir de los siglos bajo el signo de la Providencia divina.
Lejos de ser un tratado abstracto, La ciudad de Dios ofrece una visión integral del hombre como ser peregrino, ciudadano de un orden eterno que trasciende los efímeros triunfos y las trágicas ruinas de las potestades mundanas.
Por su insondable erudición, su penetración filosófica y la sublime elocuencia de su prosa, este monumento del pensamiento patrístico se erige no solo como la obra cumbre de su autor, sino como uno de los fundamentos intelectuales sobre los que se edificaría la cosmovisión medieval y, con ella, buena parte de la conciencia filosófica de Occidente. He aquí una obra que, aun nacida de la contemplación de unas ruinas humeantes, no habla sino de una esperanza que no conoce ocaso.
Compuesta en los albores del siglo V, en un mundo que se desmoronaba bajo el peso de su propia historia, La ciudad de Dios (De civitate Dei) constituye la respuesta teológica más formidable y perdurable de Agustín de Hipona al enigma del tiempo, la fragilidad de los imperios y el destino último de la humanidad. Redactada a lo largo de tres lustros, en un arco temporal que abarca desde el saqueo de Roma por las huestes de Alarico hasta la consolidación de una nueva ecúmene cristiana, esta obra magna no es meramente una apologética circunstancial frente a la acusación pagana de que el cristianismo había debilitado al Imperio, sino una auténtica teología de la historia, inigualada en su alcance especulativo y en su grandeza arquitectónica.
Agustín despliega en sus veintidós libros una vasta y profunda meditación sobre la condición humana, vertebrada en torno a la contraposición radical entre dos ciudades místicas, la terrena y la celeste, entretejidas en el seno de la historia pero gobernadas por principios antitéticos: el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo.
Desde la refutación del politeísmo y la demonolatría de la cultura clásica, pasando por la exégesis de la historia sagrada, hasta la escatología final, la obra no cesa de desvelar la dialéctica secreta que rige el devenir de los siglos bajo el signo de la Providencia divina.
Lejos de ser un tratado abstracto, La ciudad de Dios ofrece una visión integral del hombre como ser peregrino, ciudadano de un orden eterno que trasciende los efímeros triunfos y las trágicas ruinas de las potestades mundanas.
Por su insondable erudición, su penetración filosófica y la sublime elocuencia de su prosa, este monumento del pensamiento patrístico se erige no solo como la obra cumbre de su autor, sino como uno de los fundamentos intelectuales sobre los que se edificaría la cosmovisión medieval y, con ella, buena parte de la conciencia filosófica de Occidente. He aquí una obra que, aun nacida de la contemplación de unas ruinas humeantes, no habla sino de una esperanza que no conoce ocaso.