La campana del templo repiqueteó de pronto, extendiendo una estela de ecos en la ciudad y en los oídos de quienes, a esa hora de la tarde, descansaban en casa, fieles a la costumbre de la siesta. No eran los toques fúnebres -lentos y acompasados-, sino martillazos sonoros, cayendo uno tras otro, empeñados en quebrar el metal obstinado de la campana.
La campana del templo repiqueteó de pronto, extendiendo una estela de ecos en la ciudad y en los oídos de quienes, a esa hora de la tarde, descansaban en casa, fieles a la costumbre de la siesta. No eran los toques fúnebres -lentos y acompasados-, sino martillazos sonoros, cayendo uno tras otro, empeñados en quebrar el metal obstinado de la campana.