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Luis Balmori

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¿Naciste en el año equivocado?
El ruido de las etiquetas y el silencio de la historiaVivimos bajo la tiranía de un calendario mercantil. Cada pocos años, los departamentos de marketing y las consultoras de tendencias nos informan, con la solemnidad de quien revela un dogma, que una nueva "generación" ha llegado al mundo. Baby Boomers , Generación X , Millennials , Generación Z . Estas etiquetas se repiten en informes corporativos y manuales de recursos humanos como si describieran realidades biológicas inmutables.
Pero hay un problema: estas categorías no existen, son constructos anglocéntricos, arbitrarios y epistemológicamente vacíos diseñados para una única finalidad: segmentar mercados. ¿Por qué alguien nacido en diciembre de 1980 es ontológicamente distinto a uno nacido en enero de 1981 para los sociólogos de mercado, pero no para la historia? Estas fronteras no responden a mutaciones biológicas ni a rupturas en la infraestructura económica.
Responden a la necesidad de las corporaciones de lanzar nuevas campañas publicitarias cada década y media, a veces menos, para venderte producto desechables. Este ensayo propone un cambio radical de lente. Abandonaremos los arbitrarios bloques de quince años para adoptar una métrica de "pulso largo": los sesenta años de la biología. Lo utilizaremos estrictamente como lo que es: la aproximación estadística de nuestra condición mortal; el tiempo promedio que tarda en extinguirse la memoria viva de un fundador y emerger, en su ventana de máxima operatividad, una cohorte que debe decidir si sostiene o derriba lo heredado.
Las civilizaciones operan en escalas que nos superan; pero la Catedral la construyen, la mantienen o la derriban criaturas que solo tienen sesenta años de luz antes de que se les apague la memoria y se les apague la vida. Al contrastar la miopía del marketing con la longue durée de los ciclos de renovación institucional, descubriremos que la historia no avanza por "climas" demográficos predecibles, sino por la tensión entre el metabolismo de las épocas y el libre albedrío de quienes deciden gobernarlo.
Pero hay un problema: estas categorías no existen, son constructos anglocéntricos, arbitrarios y epistemológicamente vacíos diseñados para una única finalidad: segmentar mercados. ¿Por qué alguien nacido en diciembre de 1980 es ontológicamente distinto a uno nacido en enero de 1981 para los sociólogos de mercado, pero no para la historia? Estas fronteras no responden a mutaciones biológicas ni a rupturas en la infraestructura económica.
Responden a la necesidad de las corporaciones de lanzar nuevas campañas publicitarias cada década y media, a veces menos, para venderte producto desechables. Este ensayo propone un cambio radical de lente. Abandonaremos los arbitrarios bloques de quince años para adoptar una métrica de "pulso largo": los sesenta años de la biología. Lo utilizaremos estrictamente como lo que es: la aproximación estadística de nuestra condición mortal; el tiempo promedio que tarda en extinguirse la memoria viva de un fundador y emerger, en su ventana de máxima operatividad, una cohorte que debe decidir si sostiene o derriba lo heredado.
Las civilizaciones operan en escalas que nos superan; pero la Catedral la construyen, la mantienen o la derriban criaturas que solo tienen sesenta años de luz antes de que se les apague la memoria y se les apague la vida. Al contrastar la miopía del marketing con la longue durée de los ciclos de renovación institucional, descubriremos que la historia no avanza por "climas" demográficos predecibles, sino por la tensión entre el metabolismo de las épocas y el libre albedrío de quienes deciden gobernarlo.
El ruido de las etiquetas y el silencio de la historiaVivimos bajo la tiranía de un calendario mercantil. Cada pocos años, los departamentos de marketing y las consultoras de tendencias nos informan, con la solemnidad de quien revela un dogma, que una nueva "generación" ha llegado al mundo. Baby Boomers , Generación X , Millennials , Generación Z . Estas etiquetas se repiten en informes corporativos y manuales de recursos humanos como si describieran realidades biológicas inmutables.
Pero hay un problema: estas categorías no existen, son constructos anglocéntricos, arbitrarios y epistemológicamente vacíos diseñados para una única finalidad: segmentar mercados. ¿Por qué alguien nacido en diciembre de 1980 es ontológicamente distinto a uno nacido en enero de 1981 para los sociólogos de mercado, pero no para la historia? Estas fronteras no responden a mutaciones biológicas ni a rupturas en la infraestructura económica.
Responden a la necesidad de las corporaciones de lanzar nuevas campañas publicitarias cada década y media, a veces menos, para venderte producto desechables. Este ensayo propone un cambio radical de lente. Abandonaremos los arbitrarios bloques de quince años para adoptar una métrica de "pulso largo": los sesenta años de la biología. Lo utilizaremos estrictamente como lo que es: la aproximación estadística de nuestra condición mortal; el tiempo promedio que tarda en extinguirse la memoria viva de un fundador y emerger, en su ventana de máxima operatividad, una cohorte que debe decidir si sostiene o derriba lo heredado.
Las civilizaciones operan en escalas que nos superan; pero la Catedral la construyen, la mantienen o la derriban criaturas que solo tienen sesenta años de luz antes de que se les apague la memoria y se les apague la vida. Al contrastar la miopía del marketing con la longue durée de los ciclos de renovación institucional, descubriremos que la historia no avanza por "climas" demográficos predecibles, sino por la tensión entre el metabolismo de las épocas y el libre albedrío de quienes deciden gobernarlo.
Pero hay un problema: estas categorías no existen, son constructos anglocéntricos, arbitrarios y epistemológicamente vacíos diseñados para una única finalidad: segmentar mercados. ¿Por qué alguien nacido en diciembre de 1980 es ontológicamente distinto a uno nacido en enero de 1981 para los sociólogos de mercado, pero no para la historia? Estas fronteras no responden a mutaciones biológicas ni a rupturas en la infraestructura económica.
Responden a la necesidad de las corporaciones de lanzar nuevas campañas publicitarias cada década y media, a veces menos, para venderte producto desechables. Este ensayo propone un cambio radical de lente. Abandonaremos los arbitrarios bloques de quince años para adoptar una métrica de "pulso largo": los sesenta años de la biología. Lo utilizaremos estrictamente como lo que es: la aproximación estadística de nuestra condición mortal; el tiempo promedio que tarda en extinguirse la memoria viva de un fundador y emerger, en su ventana de máxima operatividad, una cohorte que debe decidir si sostiene o derriba lo heredado.
Las civilizaciones operan en escalas que nos superan; pero la Catedral la construyen, la mantienen o la derriban criaturas que solo tienen sesenta años de luz antes de que se les apague la memoria y se les apague la vida. Al contrastar la miopía del marketing con la longue durée de los ciclos de renovación institucional, descubriremos que la historia no avanza por "climas" demográficos predecibles, sino por la tensión entre el metabolismo de las épocas y el libre albedrío de quienes deciden gobernarlo.



